Funambulista, un maestro en el difícil arte de la emoción

Estamos en un mundo globalizado y nada escapa a ello, ni siquiera la música. Por un lado, es beneficioso, porque cualquier artista, cualquier canción, pueden ser conocidos en cualquier rincón del planeta, por recóndito que sea. Por otro, supone un perjuicio, porque esa globalización implica un consumo musical voraz, rápido, casi efervescente, en el que el nacimiento y la caducidad de una canción o incluso de un artista son acontecimientos prácticamente correlativos.

Hoy eres todo y mañana, nada. Muy lejos quedan esos tiempos en los que un disco no sólo se escuchaba, sino que se masticaba lentamente. De hecho, muy lejos quedan los tiempos en los que el que suscribe estas líneas, consumía álbumes completos. En la vorágine actual, ni siquiera es posible abarcar el volumen ingente de singles que cada semana se lanzan al mercado.

Escuchar singles se ha convertido en una actividad mecánica, a veces más propia de un robot que de un ser humano. Nos hemos olvidado de que la música no es sólo para bailar, para divertirse; sino también, y fundamentalmente, para sentir, para emocionarse. ¿Recuerdas la última vez que se te removió todo por dentro, que se te puso la carne de gallina, escuchando un disco?

Yo sí. Todo comenzó el 26 de septiembre de 2013, en el Café Libertad de Madrid, el templo de la canción de autor. Aquel día me invitaron al concierto de ‘un tal’ Diego Cantero, alias Funambulista. Yo no lo sabía, pero después de su actuación, cambiaría eso de ‘un tal’ por un ‘DON’, así, con mayúsculas, por delante de su nombre.

No le conocía en directo, apenas había escuchado un par de canciones suyas con anterioridad, pero desde hacía un año antes, todos los artistas con los que me encontraba me habían hablado de él. Mi querido Raúl Madroñal, la mejor persona que he conocido en la industria musical y un profesional como la copa de un pino, me dijo que no podía dejar pasar la oportunidad de ver a ese ‘tal’ Diego Cantero, después convertido en ‘DON’, en vivo.

Y así lo hice. Para mi sorpresa, conocía más temas suyos de los que creía. Pero lo que más me impactó, aparte de tener un directo impresionante, fue su capacidad para transmitir, para traspasar la piel. En definitiva, para emocionar. Y lo hace de manera natural, le sale así. Como si fuera fácil. Emocionar. El reto más difícil para un artista, hacer sentir a quien escucha sus canciones.

Su álbum ‘Quédate’ me hizo pasar al estadio de la admiración más profunda. Una obra de arte. Quizás me cogió en un momento muy delicado a nivel personal, pero estoy convencido de que incluso estando eufórico, ese disco me hubiera provocado idénticas lágrimas de emoción. Hacía años que no escuchaba algo similar, un compendio de canciones con tanta brillantez.

Admiración absoluta
Conocerle en persona me ha hecho admirarle aún más. Diego es un compositor colosal, un gran artista, pero es que encima atesora una calidad humana extraordinaria. Afortunadamente, incluso en el mercado musical, existe la justicia, y él ha recibido este año que está a punto de finalizar la oportunidad por la que tanto ha trabajado: tener la posibilidad de que mucha más gente escuche, disfrute y se emocione con su obra.

Un álbum de duetos de sus mejores temas, con el título de ‘Dual’, será su primer trabajo con la multinacional Sony Music, y se pondrá a la venta el próximo 3 de febrero. Los dos adelantos lanzados, ‘Quiero que vuelvas’, con la colaboración de Antonio Orozco; y ‘Sólo luz’, con la participación de Pablo Alborán, son dos joyas que han conseguido algo sumamente complicado: como mínimo, estar a la altura de las versiones originales. En el caso de la segunda, me atrevería a asegurar que va a convertirse en uno de los baladones del invierno.

Funambulista es, para mí, un maestro en el arte de la emoción a través de la música. Evidentemente, no es el único, pero debo rendir pleitesía a quien despertó ese sentimiento tras años de letargo. Diego Cantero forma parte de un maravilloso reducto de cantautores, un colectivo tan injustamente denostado, capaces de contar historias y emocionar a la vez. En ese grupo se incluyen artistazos como Andrés Suárez, Marwan, clásicos como Ismael Serrano o Pedro Guerra, jóvenes talentos como Principio Dante y el enorme descubrimiento que ha supuesto para mí el granadino Fran Fernández.

Benditos cantautores y benditas emociones que transmiten a través de sus canciones. Mal que le pese a ese consumismo voraz y mecanizado impuesto por la globalización.

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